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La Coctelera

NOCTURNO

Poemas, pensamientos, cuentos de duendes ebrios en cualquier bar de cualquier ciudad de cualquier universo, o de cualquier cabeza....

23 Septiembre 2006

RECORDAR SIN RECORDAR

Se creía que el era un hombre de esos que suelen ser hombres entre la masa de sinceros seres que deambulan sin saber en realidad que es lo que son; se dice que se creía porque en verdad el nunca supo en realidad lo que era, un hombre o un vago animal que pensaba, una mujer común, o un niño con la carita embadurnada. La intervención divina de aquel gracioso payaso lo salvo de llevarse otra vez las manos hacia la cabeza, como siempre solía hacerlo en cuestiones de depresiones y encrucijadas que no faltaban. El bus estaba frío por la tormenta que allá afuera inundaba las calles; el pensar que acá estaba seco y sin preocupaciones porque el viaje era largo determino el instante para refugiarse de nuevo en sus reflexiones espirituales sobre los errores cometidos en un pasado ya lejano, el auto examen eliminaba mentalmente lo reprochable pero solo como un cumplimiento retardado a un castigo impuesto por remordimientos nimios que nunca tuvieron las respuestas para esas interrogantes que sugerían; cada vez que él se auto infligía con su pasado cojo, las respuestas solo le generaban más dudas que hacían que su castigo terminara de inmediato.

Los esfuerzos por pensar en lo sucedido fueron cortados de raíz por aquel personaje grotesco que en vez de parecerse a un payaso, representaba mejor a un asesino de sueños de un cuento infantil, ese payaso que salía de la oscuridad con ojos desorbitados y expresión aterradora se presentaba ahora escalando la maquina registradora como un ladronzuelo, decidido, recolectaba con su apariencia todas las miradas de los pasajeros intranquilos por la mojada segura que se iban a dar en aquella tarde de invierno.

Señoras y señores, espero no incomodarlos con mi presencia aquí en su autobús favorito, les deseo una feliz noche, y que amanezcan con muy buenas energías; soy el payasito fanfarrón de aires de loco vampiro que les chupara todo el estrés que llevan en sus cuerpitos vueltos una nada. La otra noche recogí flores en tu corazón, pequeña flor que llevas tú esos ojitos verdes me gustaría cambiártelos por estos ojos de mango maduro; ¿oye negro que te paso que te veo como pálido, es el frío?...
Las risas nunca se oyeron, ni se vieron expresiones de gracia, daba lastima presenciar la rutina de aquel personaje distante aunque lo separaran tres asientos de donde me encontraba, el aire pesaba cada vez más. Los olores de la banca de atrás se filtraban por el pequeño espacio entre las cabezas de los pasajeros y el techo oxidado del viejo bus sonajero.
La delicia de los sonidos de ventanas de perillas que chocaban por tener los tornillos sueltos, los amortiguadores, que curioso, como su nombre lo dice amortiguan, pero en este caso eran todo lo contrario, solo aumentaban el choque de la carrocería con el resto del exoesqueleto pintado hasta más no poder.

Muy pocas personas ofrecieron su mano con un donativo para ese personaje de terror; muchas personas se rieron cuando se bajo del aparato en movimiento, tropezó gritando y rodando por el asfalto mojado; este hecho quito de la mente la cotidianeidad trastornada, haciendo que la bajada se hiciera con el mayor cuidado posible, llevando la conciencia al limite, prefiriendo llevar el alma por el sendero seguro; delante estaba la fachada gris y obsoleta de la casa, el enrejado, la puerta sin chapa visible a esa hora del día, el picaporte congelado en el tiempo, la llave que no encontraba su deseo, los extravagantes pensamientos de persecución aparecían en este punto de entrada.

Por fin la cerradura había cedido, adentro todo estaba más cálido, la casa aun apagada era vuelta a la vida por el solo movimiento de un dedo que presionaba un interruptor estático; luces cámara y acción recordaba cuando la luz se encendió, el abrigo caía en el sofá medio húmedo y las llaves golpeaban la mesita en donde el teléfono reposaba sin mayor novedad. Ring, ring, el salto del asiento en las salas de cine se presentaba como una opción lejana aunque la casualidad siempre diga lo contrario, eso fue lo que sucedió exactamente, el endemoniado teléfono sonó como nunca lo había hecho, el silencio en el barrio era tal que no se escuchaban ni los niños llorando, ni los gatos expresando sus misteriosos llamados o los fenomenales perros ladrando sin parar, no, esa noche era una entre mil, una en que no se escuchaba ni el aletear de una mosca, solo se escuchaba a la noche derretirse en el techo.
El teléfono llamaba para contestarlo después del tremendo susto, la bocina era asida con la mayor urgencia, el Alo con quién, llegaba de inmediato, ¿cómo está? sonaba urgente y con desanimo el bien y vos sin interés porque ya la voz había sido reconocida entre el amplio rango de voces guardadas en el cajón de los recuerdos vagos.

Sentarse no era una buena idea ya que todo el día el trasero había sufrido el mejor aplastamiento de carnes contra asientos y superficies duras inimaginables; escuchar lo que la otra persona decía nunca fue uno de sus fuertes, y más cuando acababa de llegar de un largo día laboral, esa conversación moriría al instante; un si, acabe de llegar ahora te marco, colgar la bocina, registrar las habitaciones, la cocina en busca de comida para recargar baterías, el día podía apiadarse de los sucesos transgresores de ánimos. Todo parecía fundirse en una imagen color rosa con olores de romántica cena en solitario, el reloj constante corrupto, la olla llena de artilugios para sobrevivir de una manera disimulada, la luz emitiendo sus ondas productoras de sombras que se ocultaban para el ojo más experimentado, la sal, una pizca de color, preparar la sobremesa, sacar el plato, la cuchara, sentirse como en otra dimensión, absorto dentro de las parodias televisivas; la mano se cierra apretando un objeto metálico en el que yace un trozo de carne que cuelga suspendido, lo dedos estáticos, el antebrazo se flexiona, la mano sube girando haciendo un movimiento como de avioncito, ¡el jugar con la comida siempre fue un tabú en la familia!.

El chorro se siente bien cuando sale del cuerpo tieso por la complejidad del aguantarse casi por tres horas el ir al baño; el sonido de líquido cayendo sobre líquido se confunde con las pocas goteras que se escuchan pegando arriba en el techo, el cierre sube para bajar dentro de otros tres minutos en la habitación, cambiarse de traje siempre es necesario en algunos momentos del día, ya sea por diversión, por higiene o por quitarse las malas energías, acostarse en la cama y mirar para el techo, intentar escalarlo con los ojos bien abiertos y sin parpadear intentar dormirse como pez dentro una pecera de tamaños colosales.

Animarse a salir del encierro cuando todo se creyó perdido en un día de octubre, era determinante para vencer las predicciones de la monotonía opresora de invierno, en la muñeca se leían las 8 p.m., si, era un reloj Casio, telememo que nunca registraba números telefónicos, comprado en el centro de la ciudad. La lucecita dijo que eran ya las 8.01 minutos y 10 segundos; era la hora para salir a buscar rumba, festejo, exceso y porque no un amanecer tirado en una esquina sin camisa y sin conciencia.

El itinerario perfecto se había memorizado ya coma la lista para ir de compras al supermercado, primero el bar “nopienses” recibiría con un buen ron con sal y limón, un buen cigarrillo en la otra mano mitigaba el sinsentido de la balada peligrosa de nothing else matters, el barman sonriendo pues lo único que sabe hacer es aguantarse al tiempo pasar como si el fuera la liebre metida dentro del cuerpo de la tortuga; slow sapiens. No importa comerse un perro caliente en el parque de los mil deseos descalzos, maquinar lo que no se hará siempre abre la puerta para que se pueda cumplir lo contrario, oír canciones sucesivas que nunca se digieren correctas por la mala traducción del ingles y más cuando los pensamientos inyectan pequeñas descargas de frustración, hacen que la atmósfera se torne vulgar; salir a caminar se vuelve algo fundamental, sin mirar atrás, los pasos sobre las aceras mojadas se dirigen hacia el perrito caliente con harta salsa roja, rosada y de esa que llaman de piña, la salchicha caliente, las papitas crujientes, el pan tostado por afuera y esponjadito por dentro, vuelven una nada el paladar hecho agua. Derretirse como el queso, tragarse uno mismo, beberse un trago de esa gaseosa que llaman agua negra para destapar tuberías; el intento de la noche por desbaratarme se esfumaba, las migas de pan caían, no faltaba el pedazo de salsa que se manchaba el traje de disfraz de gato negro, el porque salía precedido por una categórica palabra de ¡mierda no puede ser!

Había que limpiar con la servilleta ese dulce oasis pegado de la chaqueta café, los mil doscientos pasos hacia el hogar de la inocente victima de cabello rubio y ojos azules llegaban a su fin, el timbre anunciaba la llegada, hora de vampiro, hora exacta, diez de la noche acá en tus aposentos de gata encerrada, vengo a rescatarte de la noche jaula de la noche cubo de hielo que te congela adentro.
Radiante pero mezquina te presentaste sin pronunciar ninguna frase, tome tu mano al saludarte de beso innecesario pero justo, caminamos en silencio con rumbo indefinido y sin notarlo nos hallamos solitarios en la mitad de una calle lejana.

Mi mano tocaba tu mano, y un dedo escapaba de la mordida de tu piel inmóvil, apareció el susurro del viento que nos envolvió en su capullo, de tu nada salían mensajes ininteligibles que imploraban que te abrazara tan fuerte como los árboles que se abrazaban a si mismos en un acto desesperado por guardar silencio. La calma de dos almas separadas por la coraza de queratina sello aquella noche de invierno, tu nada advertía que tenías que escapar de mi lado, sin saber el por qué, sin preguntar siquiera sin precipitarse al fracaso me deje llevar por tu silencio, anclado al asfalto caía de rodillas sentenciado a muerte por tu partida.

Los días pasaban sin ser nombrados como días, ya los lunes no eran lunes ni los martes martes, más bien solo eran lapsos de tiempo sin nombre, cuando el corazón latía sin esfuerzos, el cuarto blanco parecía cerrarse lentamente, convirtiéndose en una pequeña caja de la cual no sabia como escapar, abrir los ojos y encontrar los pensamientos flotando en aquel cuarto, uniendo a voluntad cada situación y cada hecho llevado a termino como no debía ser, se me fueron yendo las tardes por dentro de la crema de dientes marca registrada blanca con verde y una capa extra de azul frescura, los deleites del pasado embadurnaban los ojos con lágrimas de un presente que sería divertido en el futuro en que todo llegaría por vía intravenosa en la cama de un hospital para ciegos locos que nunca quisieron ver.

Las animas caminan solas y nunca acompañadas por otras compañeras encerradas en ese limbo en particular; los amigos de turno dirían que me había vuelto un loco trascendental, el amor había tallado el quiste que encerraba ahora un corazón con doble candado y con una sorpresa adentro para la cual la fiesta no sería parte ahora del rito sagrado de enamorarse. Los años dejaban huellas imborrables, los pasos ya no serían más escuchados, los tórtolos levantaban las cabecitas para volverlas a bajar, y las amistades preparaban tretas para envolver al incauto en papel de regalo para la futura novia de turno, no obstante la incredulidad hizo que todo se diera como un dialogo que uno quiere que acabe pronto; el encuentro tuvo lugar en un bus en el que un amigo presento su arma secreta, de cabellera negra esta mujer con cara de astuta enfermera del amor hospitalario sonreía al verme abrir la bocota de ballena hambrienta.

Los preparativos se llevaron en una misma tarde de invierno la cual determinaría la extinción de recuerdos pasados de una noche igualmente turbia. La mujer llamada Rosa capturo mi corazón envolviéndolo con cadenas que lo electrocutaban cada vez que este latía. La intensidad del cigarrillo, de la espera cuando se llegaban las noches de verano para salir, para saltar de felicidad, para recolectar las flores en el campo se vieron interrumpidas por la muerte accidental de Rosa bajo las llantas de un automóvil que escapo de inmediato, El tiempo se encargaba de desencajar sus engranajes, se había detenido de inmediato, el dolor nunca antes había tocado así al corazón blando de aquella época, las risas desde adentro fluían sin un sentido razonable, el transcurso del recordar se había desarrollado sin duda alguna dentro de un autobús, en un asiento, dentro de un cuerpo destrozado, el viaje era largo, el bajarse, entrar y salir de una casa, el enamorarse, terminar un amor y la muerte de otro solo habían sido trampas del subconsciente de un simple mono que pensaba con destrozar aquel mundo, su mundo; el payaso caía destrozado por su torpeza, los pasajeros reían sin parar, se miraban cómplices de aquella locura instantánea, no existían culpables, el motor rugía al subir una pendiente del barrio que escurría todas sus aguas hacia abajo como pequeños ríos amenazantes para las medias limpias y secas. El timbre para bajar se camuflaba entre la oscuridad del pequeño bus ascendente, un simple silbido fuerte bastaba para detener el vehiculo, bajar era ahora saltar al vacío sin pensar en lo que había sucedido.

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